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18 ene. 2011

HOMENAJE A JUAN GUTIERREZ LAPLACE.


Historia de la Costa de Oro Los pinos que crearon la playa.


Durante siglos, cuatro estancias se repartieron el territorio de la Costa de Oro. El abuelo de Artigas fue propietario de una. Hasta 1910, era todo arena y la tierra no valía nada.



* JUAN MANUEL GUTIÉRREZ LAPLACE


Desde el arroyo Carrasco hasta el Solís Grande, a lo largo de sesenta y cinco kilómetros, se extiende una dilatadísima playa de arenas muy blancas, apenas interrumpida por seis o siete puntas rocosas que se internan en las aguas del río como mar. Entre dicha playa y los campos verdes hay una faja de dunas más o menos ancha, ayer libre y fluctuante -traída y llevada por los vientos-, hoy fijada por plantaciones de pinos y eucaliptos. Este lugar, claramente inapropiado, y hasta amenazante para los trabajadores del agro, fue desestimado desde la época de la conquista, y por ello permaneció desierto hasta los albores del siglo veinte.
Hacia 1900 sólo existían diez o doce viviendas muy rústicas construidas por pescadores dependientes de una mísera economía de subsistencia. Por aquellos tiempos nadie asomaba a la costa pintoresca; las arenas avanzaban año a año sepultando las tierras de labor (…)
En 1726 se funda Montevideo, en un intento por afirmar el dominio hispánico frente a las constantes pretensiones portuguesas. Entonces, para proceder al poblamiento de la campaña desierta, se adjudicaron varias estancias en las cercanías de la nueva ciudad. Las primeras se deslindan sobre el arroyo Pando; después sobre el arroyo Solís Chico. Entre ellas, una perteneció a Juan Antonio Artigas-abuelo del prócer-, otra a José Mitre - abuelo de Bartolomé Mitre- y otra a su yerno, Rudecindo Saénz (…)
Pocos años después, el espacio comprendido entre el arroyo Pando y el Solís Chico -desde el Río de la Plata hasta el camino a Maldonado (actual ruta 8)- pasó a tener cuatro dueños (...)
Hacia 1870 varias familias económicamente poderosas procedentes de Pando, adquirieron la costumbre de realizar campamentos veraniegos en la playa de Santa Rosa casi junto a la punta Piedras Negras (actual playa Mansa de Atlántida). Viajaban en carretas que hacían de viviendas; transportaban toda clase de comestibles -gallinas y vacas lecheras incluidas- para tres meses de estadía.
Ahora, dejemos que E.Zinola nos conduzca por un momento: "…A la hora del baño -dos veces al día-, mientras las señoras se hallaban en la costa, le estaba vedado al otro sexo bajar a la playa so pena de ser severamente reconvenido por don Ambrosio que no toleraba infracciones a la reglamentación que, previa una meticulosa deliberación de una comisión mixta, se redactaba antes del comienzo de la temporada veraniega (…)
"Largábamos las gallinas y la vaca que se traían para la temporada y ya quedaba arreglado el campamento. Los dormitorios eran arriba, en la carretas, para las mujeres; para los hombres, en el otro piso, debajo, en la arena, en cualquier lado. Nos pasábamos hasta dos o tres meses. Entonces era campo abierto, sin alambrados. Las malezas llenas de bichos para cazar. De mañana y de tarde el baño. Hacíamos reuniones; no faltaban guitarreros. La leña abundante nos permitía fogones por todas partes. Pero lo mejor eran las noches de luna…".
Alrededor de 1900, las blanquísimas playas, bordeadas por barrancas acantiladas o por interminables arenales donde crecían matorrales achaparrados, sólo servían como refugio a los zorros, ñandúes y mano peladas. La faja costera se consideraba una tierra son valor. Sin embargo, a principios de siglo comienzan a conocerse los éxitos obtenidos en las plantaciones efectuadas en las Landas francesas y en la costa del Golfo de Vizcaya.
En aquel momento, varios estudiantes de Medicina de Montevideo deciden adquirirlas e intentar su forestación con pinos marítimos (…)
Entonces, se pensó que aquel pintoresco rincón, muy cercano a Montevideo, pero oculto y de difícil acceso, bien podría transformarse en un cotizado balneario. Por aquella época, los balnearios eran moda ineludible en Europa y Norteamérica. A este, le llamaron Atlántida; la piedra perdida en el Atlántico.
Desde sus inicios, en 1911, la propiedad estuvo en manos de la denominada Compañía Territorial Uruguaya. Construyó calles, instaló aguas corrientes y servicio de energía eléctrica, contrató guardabosques y mantuvo el transporte de pasajeros desde la entonces lejana estación de ferrocarril.
En 1939, don Natalio Michelizzi, un asiduo visitante de la localidad, decidió comprar todos los terrenos aún no vendidos y la tierra no urbanizada. De nacionalidad italiana, residía en Buenos Aires, donde se dedicaba al comercio de máquinas impresoras, pero la belleza del lugar le indujo a intentar una nueva aventura.
Desde entonces construyó hoteles -uno de ellos, el Planeta, con la original conformación de un barco-, abrió nuevas calles, realizó audaces urbanizaciones.
Hacia 1944, Michelizzi había logrado que el Balneario Atlántida progresara notoriamente a pesar de la recesión generada por la guerra.
Cierto día, recorriendo los pinares que llegaban hasta el mismo borde de la escarpa costera, advirtió un altozano frente al mar, que se hallaba como protegido por dos moles acantiladas; entonces concibe la idea de construir una gruta en aquel lugar, donde se colocaría una imagen religiosa.
Esta gruta no llegó a realizarse porque surgieron nuevas ideas. Se comenzó la construcción de una capilla, pero terminada ésta, más que un lugar de culto de una imagen que nunca llegaría a colocar, se advirtió que era un refugio ideal para leer un libro a solas o realizar una charla con amigos. Entonces brotó de su imaginación lo que hoy conocemos como La Quimera (el Águila).
La construcción se llevó a cabo sin la intervención de arquitectos o ingenieros. No se elaboraron planos ni complicados cálculos de materiales... El constructor fue un hombre inteligente formado en la zona rural de las cercanías: don Juan Torres. El transporte, una carreta tirada por bueyes y un humilde camioncito que funcionaba a gas de carbón .


(*) Fragmentos de "Crónicas de la Costa. Canelones, historias, personajes y memorias del arroyo Carrasco al Solís Grande", editado por Banda Oriental.